Caranchos

Diciembre 14th, 2013 por Néstor Gómez

El carancho, (Caracara plancus) es  una especie de ave falconiforme de la familia Falconidae…. Prefiere alimentarse de carroña y con frecuencia se le puede observar comiendo animales que han sido atropellados en la carretera. También es un cazador oportunista que ataca animales jóvenes o heridos, utilizando como método inicial agredir en ojos, labios, y zona anal; de manera que la presa resulte progresivamente indefensa hasta que, finalmente, muere y es consumida.

Coprofagía: ingestión de heces, del griego, κόπρος copros (heces) y φαγειν phagein (comer). En la naturaleza existen especies animales que practican este acto, otras especies normalmente no lo hacen, excepto bajo condiciones inusuales. Solo en ocasiones es practicada por humanos, denominándose coprofilia (una parafilia).

Ventanero: Dícese del hombre que mira con impertinencia a las ventanas en que hay mujeres.

La metáfora  consiste en la identificación entre dos términos, de tal manera que para referirse a uno de ellos se nombra al otro.

El tema del reciente e inesperado fallecimiento de Ricardo Fort y la cobertura informativa dada a dicho episodio por casi todos los medios televisivos, nos llevó en una larga sobremesa a reflexionar con algunos amigos sobre los modos de abordaje de nuestra televisión de este tipo de noticias. Los contertulios unánimemente descalificaron a los distintos programas que cubrieron la noticia, desde Rial a Chiche Gelblung, pasando por Mauro Viale, Santiago del Moro y muchos otros que frecuentan tanto el periodismo chimentero como el pretendidamente serio, tildándolos metafóricamente  unos, de caranchos, porque se alimentan de carroña; otros de practicar la coprofagía, porque se solazan hurgando en el ámbito privado e íntimo de sus víctimas buscando alguna inmundicia o por lo menos algo equívoco que trasmitir como si fuera noticia de interés general; y también hubo quien aludió a que esos programas transforman a la audiencia en ventaneros, explotando con sus propuestas una curiosidad morbosa.  Como vemos, en su visión crítica mis amigos no ahorraron metáforas para tratar de describir tanto la referida labor periodística como la opinión negativa que ella les merecía. El tema disparador de esas reflexiones es interesante y además preocupante por cuanto los comentarios aludidos ponían de manifiesto un modo generalizado de ejercer aquella informativa, modo que no es nuevo ni tampoco un invento argentino.

A lo largo del año que termina dos sucesos, totalmente diferentes entre sí, concitaron esa atención mediática. Uno, el asesinato de Ángeles Rawson y el hallazgo de su cadáver en un basural; el otro, el citado deceso de quien en vida fuera una figura de alta exposición mediática.

Aquel caso llamó primariamente  la atención porque parecía poner en evidencia la inseguridad en que vivimos. Una jovencita, residente en un barrio de clase media alta, parecía haber sido secuestrada y asesinada en el trayecto de la escuela a su casa, terminando su cuerpo tirado en un basural. Después de chisporroteos políticos iniciales derivados de la discusión sobre quién era el responsable de la seguridad en la ciudad de Buenos Aires, el caso tuvo una vuelta de tuerca cuando se supo que Ángeles no había sido secuestrada en la calle sino que había llegado indemne al edificio en donde vivía. Quienes hacen periodismo-escándalo olieron la posibilidad de sumar una sórdida relación familiar al asesinato y se dedicaron a indagar sobre quién era quién en esa familia y fijaron su atención sobre el padrastro, que parecía reunir los elementos ideales para hacer de él culpable. Para frustración de esos medios la familia de la niña mantuvo un muy bajo perfil, fracasando el intento de montar un reality show alrededor del caso. Cuando la investigación policial llegó al portero, Mangieri tuvo un momento de apoyo periodístico porque no faltó quien pretendió que sólo era un pobre trabajador con cuya imputación se quería desviar la investigación de algún responsable poderoso… Aparecieron en escena entonces los especialistas que intentaban explicar, con tono doctoral y suficiente, las distintas hipótesis que imaginaban posibles pues imperaba entones el secreto del sumario, como si la investigación en curso fuera un episodio del juego “batalla naval”. Al carnaval noticioso se le sumó algún abogado, muy mediático el hombre, cuya participación que terminó poco después de que su propio hijo de seis años le espetara a viva voz, “¡El que la  mató es el portero, boludo!”.  En suma, se intentó, como suelen hacerlo,  de disfrazar el reality show  que es su estilo con las apariencias de periodismo de investigación, pero, como dice el dicho popular, “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

El otro caso, el de Ricardo Fort, presentaba matices más prometedores y sobre ellos se fueron estos olisqueadores de trapos sucios, intentando no dejar detalle de su vida privada sin exhibir, por supuesto intentando presentar esos detalles, cuando más sórdidos mejor, como cuestiones de interés general. Tanto su condición sexual como la necesidad de su exhibicionismo mediático, la relación conflictiva con su padre, sus amores más o menos promiscuos, su anómala paternidad y el destino de su fortuna fueron expuestos impiadosa e innecesariamente. En esta tarea de exponer las intimidades del recientemente fallecido colaboraron otros personajes de la farándula, algunos autotitulados amigos de Fort, buscando, como siempre, el minuto de fama televisiva que necesitan para sobrevivir en aquel medio. Nadie tuvo piedad para con él, que no dejó de ser un personaje triste, que pujó, motorizando una fortuna que parecía no tener límites, por alcanzar un lugar destacado en el mundo del espectáculo, comprando amigos y oportunidades, no vacilando siquiera en transformar su propio cuerpo en una caricatura para lograr una notoriedad que nunca logró en forma definitiva.

Lo lamentable, periodísticamente hablando, es que se alienta en esos programas permanentemente la curiosidad malsana de los espectadores televisivos, a quienes se los pretende transformar, como decía uno de mis interlocutores, en ventaneros, en personas que se solazan espiando las intimidades de algunos famosos. Alimentan su curiosidad con carroña, con datos que tienen una calidad excrementicia.

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